LA NUEVA CULTURA INSTRUMENTALIZADA POR LA POLITICA


Estamos viviendo la emergencia de unas formas sedicentes culturales que no dudan en fabricar imágenes distorsionadas de la realidad social. En clara connivencia con determinadas ideologías políticas que las instrumentan, su objetivo es domesticar las masas y arrinconar a la opinión disidente. Para ello se han apoderado de los medios de comunicación. Esa cultura manipulada es antidemocrática en sus contenidos y en sus medios. Blas Lara

Cultura

En su sentido amplio, la palabra cultura recubre un conjunto de interpretaciones del mundo, y sobre todo, de pautas de comportamiento. El hombre necesita de ambas para su vida de todos los días. Para posicionarse, decidir y actuar en un mundo  complicado y azaroso. Si además religión y cultura se funden, la independencia del individuo deviene casi ilusoria y la emancipación personal requiere un esfuerzo titánico, que muy pocos acometen.

En sentido restringido, la cultura de una época son sus modos de lenguaje, su música, su arte, su saber literario. En fin, lo que siempre se ha entendido por cultura “in recto”.

La nueva sociocultura

Digo siempre,  porque ahora  la cultura se ha convertido en un ectoplasma, una “doxa” colectiva, un estado de opinión, una “sensibilidad” como dirían algunos. En la gran paellera de la cultura nueva se ha echado de todo: en primer lugar una buena dosis de relativismo nietzscheano para eliminar el gusto rancio de los valores tradicionales. Relativismo moral pero no negro y nihilista, sino muy aligerado con  la frivolidad, la movida; diversión, más ecoturismo, un bouquet de dogmas políticos, una dosis de candoroso buenismo en política interna y externa,  y los nuevos credos democráticos. Todo ello removido y agitado por algunos medios de comunicación televisivos y radiofónicos.

Lo cultural, en su versión de contrabando, se convierte en político-socio-cultural.
A esta nueva forma de cultura, la llamaré “neocultura” para entendernos. Se venden como cultura, un cine que de ninguna manera refleja nuestra realidad social, la tontería intrascendente de muchos programas de televisión y una banalidad sin límites en el lenguaje, tanto en los medios como en la calle, en subasta permanente para ver quién es el más grosero. Ese será el más gracioso y el más listo. A la altura de los niños de siete años dándoselas de mayores en el patio de la escuela.

Los problemas centrales son otros

Nuestra sociedad española de hoy está aquejada de males graves, muy graves,  como el paro y una crisis endémica de la que vamos a tardar mucho tiempo en salir. Más durablemente nos afligen otras crisis en profundidad que socaban los valores radicales, pilares y fundamento de nuestra vida en común, la familia, los grupos sociales y el Estado.

Ese es el centro de lo que debiera ser el debate social. Pero no se preocupen. Aquí no hay problema. Para curar nuestros males disponemos de una cataplasma universal que es la cultura, en su versión irrisoria de hoy, la neocultura.

LA CULTURA,  PRETEXTO Y TERGIVERSACION
Pan y circo, decían los romanos. Hoy le basta al pueblo con cultura de  circo.  Cultura festiva y carnavalesca, como la de los días del orgullo gay,  versión amable – acomodada al aire del tiempo- de las grandes paradas militares de nazis y fascistas. Sin olvidar el montaje mediático de los multitudinarios fervores en honor de los héroes deportivos. Otro opio del pueblo del que la política hizo uso en otros tiempos hoy denostados. Siempre con la misma idea de descerebrar a las masas.
Los hombres políticos están ahí para inventar sentido a las cosas. Propaganda para comprar adhesiones.
Lo grave es cuando hacen propaganda adulterando la realidad, alisando descaradamente sus perfiles hirientes y dolorosos.  Y vendiendo un slogan: ¡Aquí todo va bien y viva la fiesta, porque podemos pagárnosla!.

En esa labor, los forjadores de las doxas colectivas se han  apoderado del lenguaje a través de la prensa y las televisiones artífices permanentes de la opinión pública. Se falsifica el sentido de las palabras. Es muy significativo el mal uso de la palabra “democracia”, uno de los conceptos-claves en las sociedades occidentales contemporáneas.

Pues bien, ahí tenemos a la obra a los mercenarios de la ideología redefiniendo lo que es democrático y lo que no lo es. Una apropiación vergonzosa. Por dar un ejemplo concreto: hay que ver con qué furor han tachado de antidemocráticos a quienes han querido debatir sobre la oportunidad de las mencionadas gays parades, que aparte de ser objeto de la carcajada universal, debieran ser un serio tema de debate.

La neocultura es una religión

La nueva cultura se reviste de formas religiosas. Tiene su alto y bajo clero, fervientes apóstoles que tergiversan todo,  inventando falsos focos de interés para el pueblo. Pregunto y espero no equivocarme demasiado: ¿Qué interés fundamental tiene hoy para ese pueblo, y menos aún para el 20% de parados, tanto arte contemporáneo, tantos museos de arte moderno, tantos óscares y goyas, tantos polideportivos en las aldeas, el almodovarismo y las penélopes, etc.? Y ese aire de nuevos ricos parvenus que nos ha hecho creer que somos; tan espléndidamente dadivosos con la miserias lejanas, mientras  los pobres se agolpan en nuestra casa, y mientras escondemos al público la propia miseria.

Pero cuidado con disentir y criticar, porque a los que se apartan de la “orto-doxia”, (es decir, en traducción hodierna “lo políticamente correcto”) se les cuelga el sambenito como a los heterodoxos de otros tiempos. Ahí andan siempre alerta, como el brazo armado de lo políticamente correcto, unas escuadras de pseudointelectuales, mercenarios bien remunerados, al servicio de la opinión correcta. Dispuestos a cebarse, con el humor y la irrisión, contra  cualquier oponente a la doxa que manifieste opiniones desviantes.

¿QUIERES EMPLEO? TOMA NEOCULTURA
Eso es política. Ante la tragedia del desmoronamiento del empleo, se ve poca reforma estructural. Todo lo que se ha sabido hacer es crear batallones de agentes de desarrollo, de acompañantes sociales, de empleos ficticios de jóvenes para encuadrar minorías, etc. etc.   Y promover el fútbol que se convierte en preocupación mayor de la población. La euforia ha sido tal tras el triunfo en el Mundial que hasta los viejos vuelven a recuperar su perdido vigor para hacer el amor.  (Emotiva información que ha difundido el Canal Sur de Andalucía). Nota de estilo: digo hacer el amor. ¡Qué cursilería! Hoy se habla más claro, en el lenguaje de la neocultura.
Entre tanto, la desdichada oposición al gobierno no tiene contrapropuesta cultural que ofrecer al pueblo como alternativa, ninguna nueva filosofía para nuevos tiempos. Absolutamente nada de eso que hemos definido como cultura ni en el sentido amplio, ni en el restringido. Es desolador. Son incapaces de ir más allá de unos planes económicos cuya eficacia queda por probar, mientras que lo que hace falta es una auténtica refundación, una “Restauración”. ¿Se acuerdan de la Historia? ¡Pobre e intelectualmente harapienta oposición!

Pero que quede claro: de este auténtico estado terminal de nuestra democracia,  el mayor responsable es el partido en el poder, sea cual sea su sigla. Responsable por haber hecho de la cultura un instrumento de domesticación de las masas. La cultura debiera ser, a través del arte y de la música, de la bella escritura, del hondo pensamiento filosófico, un camino del hombre hacia el centro de sí mismo, para encontrar allí, en intimidad, las razones personales del pensar y del hacer y simplemente de vivir.

No es así. La cultura confiscada por la política se ha convertido en material de consumo. En aras de una globalización despersonalizante y claro está inmisericorde con el disidente.

Concluyo con un silogismo

Si democracia es libertad de pensamiento y de expresión para cada uno,
y si lo contrario de la democracia es el fascismo…

Díganme, ¿la neocultura en manos de la política, no sería puro fascismo?

Blas Lara, Ph Doctor en Lógica Matemática e Inteligencia Artificial. ExCatedrático de Investigación Operativa en la Universidad de Lausanne. Miembro del Consejo Asesor de la Universidad Libre Tierra y Humanidad.

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