LAS ESTACIONES EN MI JARDÍN

Por: Fernando L. Rodríguez Jiménez

Del jardín que usufructo hasta que el transcurrir del tiempo, de los avatares de la vida o vayamos a saber qué, decidan que ya lo he disfrutado bastante, ese trocito de naturaleza, al que cada día me siento más unido: tierra, rocas, árboles existentes, son suyos, no míos… sólo soy el guardián que lo cuida y estudia. No lo mimo, como la vida no me mima, sólo vivo y trato de ser timonel de mi vida en los mares procelosos de la existencia.

El jardín es mi maestro, a quien respeto y amo, al enseñarme tantas cosas en cada estación. Observo, aprendo y corrijo pequeños males, si puedo y está en mi mano. A cambio recibo más sabiduría, vida, sosiego y mucha belleza.

Al comienzo de la primavera, las hierbas comenzadas a desarrollar por el húmedo otoño e invierno  alfombran el jardín con miles de florecillas de diferentes colores y especies. Cardos dorados y espinosos se coronan con flores rosadas, rojas, amarillas, azules. Otras plantas las dan blancas y de mil colores, hierbas que espigan. Plantas viboreras crecen como guirnaldas de flores moradas y azules. La invasora madreselva perfuma y adorna los troncos resecos de las encinas con sus aromáticas florecillas blanco-amarillentas. Todos los colores del arcoíris se desparraman por el suelo, alfombrándolo, y colorean también matorrales y árboles. Pinos y encinas me hacen estornudar con su lluvia de polen amarillo y volátil.

No maltrato el suelo y ese es mi regalo primaveral. Mariposas de diversas especies y colores, revolotean de flor en flor, acoplándose en un amor efímero, para culminar su misión reproductiva. Abejas y abejorros pululan, mientras las laboriosas avispas construyen su edificio con celdillas de cartón. Las aves crían en los nidos que les he proporcionado. Las rojas ardillas hacen equilibrios, persiguiéndose ingrávidas en las más finas ramas. Espectáculos gratis. No necesito televisión. La música de las aves me acompaña hasta durante las noches, en que ruiseñores, búhos, cárabos, autillos y lechuzas dejan oír sus voces en el concierto nocturno diario.

El verano trae la monocorde música de chicharras y saltones. En las noches el alacrán cebollero interrumpe las estrofas más agudas y entonadas de los negros grillos. Los niños de la posguerra los clasificábamos como reyes o príncipes, teniéndolos cruelmente en pequeñas jaulitas, donde les dábamos lechuga para alimentarlos, y a cambio nos regalaban su música de violines alados. La sequía se apodera de la tierra. La belleza polícroma se torna monocroma, amarilla de muerte ictérica. Inti o Ra se apodera del cielo, hace valer su ego agostador, imponiendo su respeto. Las aves jóvenes salen de sus nidos, comienzan la escuela de la vida, proporcionándole insectos y semillas que han nacido y madurado en este periodo. La cosecha y la muerte amarilla del suelo precede a la muerte dorada de los árboles. Las aves de oro se van pronto.

Llega el otoño. Fresco en el rostro.  Agua del cielo vivifica las plantas muertas. Los colores amarillos y dorados se intercalan con el verde permanente de encinas, olivos, enebros y pinos en los vuelos de los árboles, contrastando con los dorados de olmos, chopos y plátanos. El suelo alfombrado de pajas y hojas doradas se alterna con el verde naciente de la hierba. Nubes y claros enmarcan el azul del cielo. En los ocasos el sol mortecino tiene su apoteosis diaria. La tierra me regala setas y espárragos, gratis y sabrosos. Mis ojos se llenan de belleza. Veo pasar las grullas, saludándome con sus trompeteos, mientras las golondrinas se dan cita en los cables de la luz y el teléfono.

El invierno trae frío, descanso de la vida y muerte. Cuando nieva todo está monocromo, blanco, tapados todos los colores por el albo manto. Las huellas de conejos, gatos, urracas y otras aves son la impronta que marca lo impoluto.

La vida es como las estaciones, la nostalgia de la pasada supone el tiempo que vamos dejando preñado de cadáveres reales de nuestra gente muerta. Los pellizcos de ternura se diluyen, nuestras emociones van envejeciéndonos, nos hacemos más sabios, aunque nadie desea oírnos. Aprendí para mi mejoría personal, poco o nada sirve a los demás. El ciclo de la vida continúa, como las estaciones de mi jardín.

Que la sabiduría os acompañe y la sensibilidad no os abandone.

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